17 nov. 2013

Principela no necesitaba un beso


Unos cuantos besos no bastaban para despertarla. Habían pasado por sus labios todos los del pueblo, incluyendo varios nobles de ciudades vecinas. Principela era una muchacha exigente. Había fingido la mitad del día su letargo para que los besadores la sorprendieran con sus ávidos labios. Algunos intentaban algo más como tocar sus senos e invadir su boca, pero Principela no reaccionaba. No abría los ojos. Como ya no habían más en la fila, su padre, el Rey Manricardo envió a varios de sus esclavos hasta Jurasia, un pueblo pedestre, de población iletrada e intransitable para extranjeros.

Los esclavos no podían regresar sin haber llevado el mensaje, y arrojaron piedras, ramas y carroñas desde el otro lado de la cárcava para llamar la atención de sus habitantes. Encontraron un nido de ratas. Todas huyeron, excepto una rata blanca, gorda, que miraba a uno de los esclavos con furia, acaso con timidez, e intentó agarrarla. La rata esquivó su mano, e inmediatamente trepó su pierna, metiéndose en el morral que cargaba con botellas de agua vacías. El esclavo apretó con fuerzas la salida del morral, con la intención de que la rata se asfixiara. Se movía, sacaba sus pequeñas garras a través de la pared de hilos, pero luego se quedó inmóvil. Consiguieron la atención de algunos muchachos que regresaban de los oficios del buen macho, de la caza, de llevar la comida a la mesa, y que al darles el mensaje de Manrique, que una mujer joven, cenicienta, diferente a las que han crecido con ellos desde la infancia, necesitaba ser besada para contraer el santo matrimonio, olvidaron la cena y los acompañaron.

Manrique observó a sus esclavos con más esclavos, pues todos tenían el mismo aspecto. Todos, incluyendo sus esclavos, habían nacido en Jurasia. Ahora tendría más esclavos. Entraron a la habitación donde Principela ha estado desde la mañana. Los esclavos y los nuevos esclavos la observaban, a unos cuantos se les paró la verga, otros fruncían el ceño porque sus senos eran muy pequeños, las mujeres de Jurasia tienen las tetas bien caídas, pero bien que les sobraba palma para apretarlas. La rata saltó del morral y se metió en el vestido de Principela. Recorrió sus piernas y llegó hasta su vagina. La olía y con sus bigotes le hacía cosquillas. Sus pequeños dientes incisivos se clavaban en su clítoris. Intentó introducirle su cabeza mientras rascaba más su entrepierna, pero aún estaba muy estrecha. Principela gimió y abrió sus ojos. Su padre la miraba con ira, había estropeado el plan. Los esclavos y los nuevos esclavos bajaron la mirada. Ignorando a Manrique, Principela mandó a preparar la ceremonia y avisar hasta el último habitante del pueblo. Esa noche Principela se casó con aquella rata.

24 oct. 2013

Traición con anonimato

«De ti siempre quiero más», leyó Julia en un mensaje de texto. Su marido se duchaba mientras ella devolvía la llamada a aquel número desconocido. Como si hablase con un viejo amante, con un pedazo del espejo que nos refleja con los pelos enchinados y el brillo en la cara al despertarnos, alguien contestó. Su voz era cálida.


— Hola, te extraño.


El marido de Julia giró la perilla de la habitación, la suya y con la que había dormido apenas tres meses desde que se casó con ella. Julia observa los pájaros que ya van buscando el nido desde una silla frente al balcón. Su nombre es Juan, y quiere hacerle el amor plácidamente a su mujer, como hace 89 días después de su boda.


Julia cuelga la llamada sin responder a la voz que pronunció un te extraño con tanta dulzura. Está pálida. Sus pupilas se dilatan. Nunca le habían hablado con tanta suavidad, con tanta seguridad, ni pudo causarle un escalofrío tan inmenso como el que le provocó aquella voz. Soltó el teléfono y cayó al suelo, pero no hizo el más mínimo ruido. La alfombra en el piso fue una buena idea para que los teléfonos, más que para no rayar la cerámica, cayeran al suelo sin poderse quebrar, sin poder sonar.


Juan no notaba la expresión de Julia, Estaba empecinado en escoger un buen atuendo para llevarla a cenar al lado de su hogar. Es un restaurante donde acuden empresarios de grandes compañías, cuyos nichos son -y prepárense a levantar las cejas o a fruncir el ceño- vendedores ambulantes. Juan era un vendedor ambulante. Pero quería llevar a Julia a ese lugar para celebrar las ventas crecientes de sus galletitas de avena.


El pecho de Julia presionaba sus costillas, o al menos eso sentía. Con lentitud, se acercó a su marido, le pidió adelantarse, que ella llegaría después, que antes debía pasar a la tintorería para recoger el vestido que pensó, antes de aquel mensaje, ponerse para cenar con su marido. Juan salió hacia el restaurante y ahí se encontró con algunos conocidos. Todos son empresarios, algunos empresarios y clientes a la vez. Julia entra a su carro. Sale en la dirección opuesta al restaurante.


Toca la puerta y sale a su encuentro una mujer bella, joven, de cabellos cobrizos y los ojos achinados. Ella era Katherine. Vivía en una vieja casa que perteneció a un terrateniente durante la guerra civil. La compró porque al graduarse logró más dinero que el invertido en sus estudios, y esa era su forma para gratificar el sacrificio. La casa cabe ocho veces en su jardín, y en su casa cabían seis veces una familia de elefantes.


—Perdón por colgar, también te extraño.


Katherine le planta un beso a Julia. Le ayuda a guardar su equipaje. Ambas deciden desempacar hasta el día siguiente. Esta noche el frenesí del romance será flameante en el sofá de aquella sala. Las velas de la mesa donde Juan esperaba a Julia se derritieron por completo. Desesperado, llama a la policía. Ya pasaron cuatro horas desde la última vez que vio a su mujer.

20 oct. 2013

Cambios del cuarto día

Hoy habíamos confirmado que no, no todo era eterno. Trajimos dinero para un mes y ya no teníamos nada. Pasamos borrachos desde el domingo y no alcanza para más cervezas. Este martes por la mañana, Marco le pidió matrimonio a Lucía, Andrea rompió su relación de cuatro años con Jorge y yo, lejos, como un outsider, como una hormiga con la hoja en la espalda atravesando el jardín mientras no hay niños jugando para pisotearme, hacía mi ritual de paso, el primer rozamiento de una erección entre mis piernas. No lo conocía mucho, pero sabía su nombre. Sabía que le gustaba tanto acostarse con vírgenes como tomar vodka sin soda, y morder sus uñas en lugar de comer bocadillos. Mi abuela me hizo creer en Dios desde pequeña. Las monjas del colegio donde me gradué hace siete años también me enseñaron a creer, pero también me enseñaron a temer, a no abrirle las piernas a un hombre hasta que me tomara en matrimonio.


Eduardo y yo nunca hablamos de casarnos. Como dos chiquillos que se esconden después de tomar cinco dólares de la cartera de mamá, los dos nos condujimos hacia la bodega del pub, ese lugar de hotel lleno de botellas y vaginas destapadas. Estaba asustada. La arritmia me hacía sudar a borbotones. Eduardo me tomó por la nuca y me acercó a su rostro. Comenzó a besarme, primero rápido, luego a una ritmo que le permitía respirar mi aliento. Introdujo su lengua en mi boca y la mía esquivaba su paso para yo poder explorar la suya. Mientras una de sus manos descendía por mi torso, con la otra acariciaba mi seno izquierdo, un poco caído, es más pequeño que el derecho. Nuestras lenguas continuaban maquetando un ADN. Sentía placer en cada uno de sus movimientos. Él, tan grácil, tan dulce, tan experto, tan dentro de mí. Sentí un leve cosquilleo, un rozamiento doloroso y plácido cuando me embistió con su robusto y erguido miembro. Pensé en las monjas. Uno, dos, casi tres orgasmos y comencé a burlarme de ellas. Por qué querían ellas que me negara a algo tan cruel pero redentor. Comencé a cavilar. Dios debería estar celoso de mí. Pobre Dios, siempre prohibiéndonos hacer lo que él no puede. El hombre debió inventarse dos creadores para estos inconvenientes. Así Dios no sería voyeurista ni amargado.


—Puedes venir mañana a la misma hora. La pasé bien contigo. Y tu olor es fuerte, pero deslumbrante. —Dijo Eduardo mientras abrochaba sus pantalones—. Si quieres puedo llevarte a la habitación 34. Estará sola.


—Yo también la pasé muy bien contigo. Pero me he quedado sin dinero por pasar borracha desde el domingo. Hoy mismo parto a mi casa.

Mis maletas están llenas con la misma ropa que eché al salir de casa. No compré ningún llavero ni para el recuerdo. A veces menos, otras más, pero nada dura lo que nosotros queremos. Estamos atenidos al tiempo. Cambio, todo es cambio. Evolución. Nacimiento, muerte. Sobriedad, borrachera. Noviazgo, soltería. Niña, mujer. Religiosa, atea. Procesos. Creía en el miedo y ahora creo en el valor. Ahora entiendo que un para siempre es la suma del yo fui y el yo dejé de ser.

26 sept. 2013

Viajes y destinos




Estaré listo contigo. No quieras irte a nuestro viaje prometido sin mí. No te canses, que yo nunca me ha cansado de esperarte. ¿Recuerdas, Clara, cuando quedamos de besarnos bajo el árbol de la avenida Vermont a las seis, y yo llegué tres minutos antes para que tú llegaras veinte después? No me fui, amor mío, y no quiero que te marches. Quiero que pisemos juntos el aeropuerto, que nadie nos despida, que los recuerdos viajen con nosotros bajo el paraíso de Dios. 



Vete, Clara, pero vete conmigo. No pagamos dos boletos para llegar a París. Pagamos el destino, ese espacio donde termina lo que abandonamos y comienza lo que nos espera. Y aunque el camino se lucre de nuestras metas, aquí estamos, Clara, con tu equipaje lleno de los suéteres que tejidos por mi madre, tus libros ingleses que solo tú sabes leer, y a mí que te escucho leerlos, porque solo soy bilingüe cuando te hablo español y recorro tus veredas. Porque mi verdadero viaje es tu cuerpo y mi legítimo destino es tu placer.

19 sept. 2013

Porque tener piernas está devaluado


Es que amar es una decisión, pero ni sé para qué decido. Siempre decido para equivocarme. Como la vez que escribí SIN VAGINA en el espejo y no me convertí en sirena. Soy mala con los hechizos. Los peces y yo lloramos hasta que el nivel del río creció nueve centímetros. Estaba mojada hasta los tobillos y, con enfado, observé mis piernas. Yo no quería tobillos. Tampoco piernas, ni vagina. Quería una cola de pez, escamosa y de movimiento grácil. Quería conquistar al hijo de Yar Zua, hijo del marinero Yar Zum. A Yar Zua le gustaban las sirenas. Lo había observado contemplando la pintura de Collier en el comedor. Le gustaban las sirenas. Había decidido amarlas. Yo quería que Yar Zua me amara.

Apenada porque mi aspecto figuraba una mujer, me fui a emborrachar con los cangrejos. Insistía en no querer mis piernas. Malditas piernas. Solo sirven para que camine y les derrame la cerveza que cayó después de mi último golpe a la mesa. En mis cavilaciones estaba ser sirena u olvidarme de Yar Zua. Uno de los cangrejos me advirtió, fumándose un cigarrillo hasta la última línea antes de la colilla, que mañana iba a recordar todo porque no hay que revolver cerveza con lágrimas. La espuma ascendía por la parte más delgada de las botellas, empezábamos el quinto balde. Aún me sentía consciente. Lo recuerdo todo. Estuve conversando con el barman sobre el último tango del Cigala y llorábamos como dos adolescentes. Llorábamos como si nos fuésemos a morir esa misma noche. Me contaba que era un hechicero aficionado, y que él podía convertirme en sirena, pero que Yar Zua no iba a poder amarme. Era el doceavo balde y los cangrejos se retiraron.

Esa noche fue inservible tener piernas. No pude correr a salvarlo. Yar Zua fue asesinado al terminarse el doceavo balde. Los cangrejos regresaron con el cadáver de Yar Zua hasta el bar donde continuaba llorando con el barman. Verlo tendido sobre los azulejos, con la línea de sangre que había arrastrado consigo, decidí cesar de llorar. A esto se refería el barman, Yar Zua es incapaz de amarme, pero yo soy capaz de convertirme en sirena. Bebimos su sangre y nos reímos hasta la madrugada. Continúo golpeando la mesa, y la cerveza se derrama ahora sobre mi cola de pez.